La importancia de las y los maestros para garantizar el derecho de aprender

 Irma Uribe García

 Estado de México

 23/05/2024

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Es común en estos días escuchar acerca de exigencia de derechos. Quienes exigen tienen voz y argumentos, también coraje y distintos medios para ser escuchados: Algunos cierran calles; otros toman edificios, otros más organizan marchas, hacen pintas o entablan demandas. El caso es actuar para que sus derechos, que consideran afectados, se cumplan y respeten.

Incluso, los maestros “de a pie” (antes nos llamaban “de banquillo”), los que estamos frente a grupo en educación básica, en alguna escuela pública de México, también exigimos derechos: A un salario justo, al descanso, a una vivienda digna, a una formación permanente y de calidad, a prestaciones sociales, etc.

Ahora, en el ocaso de mi vida profesional - tras laborar en 13 escuelas de educación primaria y secundaria durante más de 50 años - hago un alto en la vorágine de la vida diaria y pienso en las niñas y los niños, de aquellos y estos tiempos. ¿En qué se parecen?

Trabajé en zona rural y mis niños y niñas tenían una límpida mirada tras la carita a veces sucia por falta de agua; la sonrisa llena de esperanza, en un rostro pálido y piel maltratada por el sol. Es la misma mirada que advierto en mis adolescentes de secundaria en zona urbana, la misma sonrisa cargada de ilusiones. Nada ha cambiado: en la niñez y en la juventud habita la esperanza.

Las y los maestros sabemos que esperanza no significa “esperar” de manera pasiva; proviene de la raíz spe: aumentar, ampliarse. Ya lo decía el buen Freire: Proviene del verbo esperanzar, que es construir, avanzar, no desistir, juntarse con otros para hacer las cosas de otro modo, reinventar el mundo y crear belleza.

¿Y cuál es el sitio diario de reunión de la juventud, la belleza y la esperanza? Por supuesto: La escuela.
He aprendido, tras múltiples tropiezos y lecciones de vida, que una escuela no es el edificio, ni las instalaciones; tampoco los materiales -sofisticados o no - . La escuela es el espacio interno que nos hace amarla. Es el lugar de encuentro de quienes tienen ilusiones.

Las y los maestros también tenemos ilusiones: lograr que nuestros niños (sé que ahora se dice “niñas y niños”, pero en la escuela seguimos designándolos igual que siempre) sean justos y felices; que aprendan lo que deben aprender para ese actuar presente y futuro con base en la justicia y tengan dicha tras sus logros por el andar en senderos de honestidad, trabajo y esfuerzo.

Nuestra ilusión y esperanza es alimentar con solidez la suya. Titánica tarea. Volvamos a los derechos. ¿Y si la escuela no cumple con las expectativas que se esperan de ella? ¿Y si alguien - en ese entramado complejo del sistema educativo - falla? ¿A quién reclaman las niñas y los niños? 

Nunca he visto una calle cerrada por niñas y niños, una marcha, una toma de escuela, una manta con la leyenda: “Exijo que se cumpla cabalmente mi derecho de aprender”. No. aún no, porque las niñas y los niños, siguen confiando en sus maestras y maestros; puedo afirmar que les tienen aprecio; hacen lo que éstos les indican con la seguridad de que será en beneficio propio.

El maestro o la maestra está consciente de esa tremenda responsabilidad. Vienen a la mente unos versos que leí en alguna revista magisterial hace muchos años:

"Cada ser que tú miras, toda gente que pasa
lleva parte del alma que dejaste en las aulas;
la lección cotidiana transformada en plegaria
se quedó para siempre en su mente grabada
y aunque olvide tu nombre, ni recuerde tu cara,
ya tu luz se quedó; ya tu luz le acompaña…"

Así es. En cada alumno o alumna dejamos un pedacito de nosotros mismos, pero no quedamos deshechos; nos renovamos como las entrañas de Prometeo, dispuestos a seguir nutriendo a más y más generaciones.

Ahí, en el espacio egregio y sencillo del humilde salón de clases, la maestra o el maestro es garante del derecho de aprender de sus estudiantes. De su actuación ética, afectiva y responsable depende que la esperanza cristalice.

Las y los maestros de México sabemos esto. Por ello unimos corazón y pensamiento en la labor diaria; en nuestro huerto interno se mezclan saberes y sentires que afloran en el mágico momento del acercamiento del aprendizaje a los dueños de límpidas miradas e inocentes sonrisas que confían plenamente en nosotros.

Es verdad que con frecuencia nos invade la fatiga; incluso, especialistas hablan del Síndrome de Burnout en los educadores, pero, cual Quijotes maltrechos, nos levantamos para continuar en la lucha contra adversidades (¡Vaya que abundan!), tras una ilusión, construyendo la esperanza.

¿El trabajo docente entusiasta y comprometido con el derecho de aprender de los estudiantes es una obligación? Nooooo; es un pri- vi- le- gio. Un honor al que no estamos dispuestos a renunciar.

Con todo, no somos de acero; es sumamente necesario que en nuestras instituciones construyamos en colectivo, un ambiente de trabajo relajado y armonioso, de confianza y respeto, lo cual repercute en el desarrollo pleno de nuestras capacidades y, consecuentemente, en beneficio de los estudiantes.

Por ser docente, por unir en la labor pensamiento y sentimiento, por fortalecer la vida, por abrazar la fraternidad, la empatía y la palabra, por defender el derecho de aprender de nuestros niños y niñas…
¡Gracias, maestro! ¡Que la satisfacción del deber cumplido sea contigo!  

Irma Uribe García

Estado de México


Docente normalista. Premio ABC 2008, primera generación.
Labora actualmente en la Escuela Secundaria Técnica. No. 30 “José Antonio de Alzate”, de Naucalpan, Estado de México, como docente de español.

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