

La democracia escolar: una experiencia construida desde la escucha
María Elena Hernández Domínguez
Docente/ Tamaulipas
20 de Febrero del 2026
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La democracia en la escuela no nace de discursos ni de reglamentos impecables, sino de algo más profundo y humano: la capacidad de escuchar.
Cada mañana, cuando mis alumnos entran al aula, recuerdo que cada uno trae consigo una historia, un ritmo y una forma propia de expresarse. Mi tarea, entonces, es abrir un espacio donde esas voces puedan existir sin temor y puedan dialogar entre sí.
Con los años he descubierto que las escuelas democráticas se construyen día con día, cuando dejo de ser la única que decide y permito que mis alumnos participen en los acuerdos del aula; cuando los conflictos no se resuelven con castigos automáticos, sino con diálogo; cuando comprendemos juntos que disentir también es aprender. En esos momentos, las niñas y los niños descubren algo que no aparece en ningún libro: cómo escucharse, cómo respetarse y cómo construir comunidad.
Para mí, la pedagogía de la escucha es el corazón de la democracia escolar. Escuchar lo que una niña o un niño dice, lo que calla y lo que expresa con su juego o con su llanto. Cuando les escucho de verdad, descubren que su palabra tiene valor; y cuando se sienten tomados en serio, aprenden a tomar en serio a los demás personas.
Un ejemplo que transformó al grupo
Esta visión también ha transformado mi manera de vivir la inclusión. Uno de los aprendizajes más profundos surgió al acompañar a un alumno con Trastorno del Espectro Autista (TEA) nivel 2.
Su llegada al grupo representó un ejercicio vivo de democracia: un aula que se ajusta para incluir, no para excluir; un colectivo que aprende a mirar con empatía; una maestra que recuerda cada día que escuchar también significa interpretar silencios, gestos y emociones.
Durante una dinámica del proyecto Nuestras emociones, el alumno con TEA comenzó a inquietarse: apretaba sus manos, se movía con tensión y evitaba el contacto visual. En vez de retirarlo de la actividad, tomé una de las pelucas de colores —objeto que él amaba profundamente— y se la ofrecí suavemente. Al tomarla, su respiración se calmó y, por primera vez de manera espontánea, señaló la tarjeta de “tristeza”.
Sus compañeros lo observaron en silencio hasta que uno de ellos dijo: “Maestra, creo que está triste… ¿podemos ayudarlo?”. En ese instante comprendí que el grupo había aprendido a escuchar más allá de las palabras: habían aprendido a ver al otro.
A partir de ese día, las pelucas de colores dejaron de ser un objeto llamativo para convertirse en una herramienta pedagógica que permitía al alumno autorregularse y comunicarse. Pero, sobre todo, se transformaron en un símbolo de cómo la empatía puede abrir puertas que la instrucción formal jamás lograría por sí sola.
Esta experiencia coincidió profundamente con lo que plantea el Plan de Estudios 2022: la escuela como un espacio donde la voz de las y los estudiantes, docentes y familias se entrelaza para mejorar la vida escolar. Cuando una comunidad se organiza para escuchar, la inclusión deja de ser un mandato y se convierte en una práctica cotidiana.
Mi aula se convirtió en un pequeño laboratorio de convivencia democrática. El error dejó de avergonzar, la participación se volvió auténtica y los proyectos surgieron de las preguntas de las y los niños.
Yo acompañé, cedí espacio, observé y ajusté. Entendí que así se aprende a vivir en comunidad: no desde la imposición, sino desde el encuentro.
El impacto de esta experiencia se extendió a todo el ciclo escolar. El alumno con TEA incrementó su participación, mejoró su regulación emocional y desarrolló la seguridad suficiente para integrarse en actividades colectivas.
El grupo, por su parte, transformó su mirada sobre la diversidad: acompañaron, escucharon, esperaron y celebraron los logros de su compañero sin comparaciones. Las familias también crecieron, mostrando mayor sensibilidad hacia la inclusión y comprensión de las necesidades emocionales.
La escuela, entonces, comenzó a parecerse al país que deseamos: justo, dialogante, incluyente.
Si algo he aprendido es esto: la democracia no se explica, se vive. Y en la escuela, cada gesto, cada acuerdo, cada palabra compartida y cada silencio escuchado construyen ciudadanía desde la infancia.
Porque cuando una comunidad escolar aprende a escucharse, ya inició el camino hacia la transformación.

María Elena Hernández Domínguez
Docente/ Tamaulipas
Es educadora y maestra en Metodología de la Enseñanza en el Jardín de Niños Rosario Salinas de Melehm, en Río Bravo, Tamaulipas. Su práctica docente se distingue por un enfoque humanista, inclusivo y centrado en el desarrollo socioemocional de las niñas y los niños. A partir de las necesidades reales presentes en sus grupos, se ha capacitado de manera constante para adecuar estrategias pedagógicas dirigidas al acompañamiento de alumnos con Trastorno del Espectro Autista (TEA). Su labor se caracteriza por el trabajo colaborativo con las familias y la construcción de ambientes inclusivos en su aula.



