Madres y Maestras 2

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 01 Mayo 2009. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 5050

El mes pasado tuve la oportunidad de plantear una rápida revisión de lo lejanas que estuvieron entre sí las madres y las maestras. En resumen, decía que en los arranques de la escuela pública mexicana, como la conocemos, las madres se involucraban poco en la vida escolar de sus hijos, tanto porque el machismo las acotaba a ocuparse casi exclusivamente de la cocina y las mil tareas domésticas, como también por el hecho de que en su mayoría eran analfabetas. Las maestras, por su parte, eran un reducido grupo de profesionales con una sobrecarga de desconfianza sobre su capacidad y un muro de prejuicios a remontar; la misma aspereza de las condiciones iniciales que hemos comentado llevaron a que casi sólo solteras y viudas permanecieran en la profesión.

El cambio empezó a darse, lento pero inexorable. No sólo pasó que las maestras, con sabia delicadeza femenina, supieron poco a poco acercar a las madres a la escuela, ganarse la autoridad para hacerles algunas recomendaciones sobre la higiene y disciplina de los niños, y hasta fungir como confidentes y consejeras de sus pesares e inquietudes, sino que se convirtieron en figuras aspiracionales. En efecto: muchas niñas quisieron ser maestras. La educación generó un círculo virtuoso: más niñas quisieron ser maestras; más maestras permitieron aumentar el número de escuelas y por lo tanto el número de niños atendidos; más población escolarizada llevó a que las madres -para la siguiente generación, con primaria, o al menos alfabetizadas- ya no sólo se acercaran con temor y reticencia a la escuela, sino que exigieran más y mejor educación para sus hijos… a la vuelta de 50 años, y sólo con excepciones enquistadas, en la base del sistema educativo ya casi no hay desigualdad por género: alumnas y alumnos de primaria y secundaria son prácticamente mitad y mitad.

Nunca se elogiará lo suficiente la tenacidad con la cual las maestras ayudaron a las madres, y de pasada a sus renuentes esposos, a valorar el aporte que la escuela ofrecía a las niñas, convenciéndolas de “dejarlas” aún continuar sus estudios. Si la escolarización masiva de los años 50 a 70 del siglo pasado explica la mayor parte de los efectos en crecimiento económico y desarrollo humano que experimentó México, más notable y meritorio aún fue el papel de la escuela básica como la gran plataforma de la transición de las jovencitas mudas, sumisas y relegadas del XIX a las parlanchinas, audaces y desenfadadas muchachas de nuestro tiempo. No sólo saben más: pueden decidir mejor. No sólo se redujo el número de nacimientos y se extendió el tiempo promedio para tener el primer hijo, sino que también gracias a la escuela las mujeres pudieron aspirar a la independencia económica y profesional. Con todos los ajustes culturales, prácticamente ya salimos del otro lado: que una mujer acepte una relación abusiva y de maltrato ahora es tema de madurez afectiva, y ya no una programación social, un destino fatal que tuviera que abrazarse con resignación. Las mujeres se plantan frente a los varones como iguales en dignidad y libertad, en la práctica, gracias sobre todo a la escuela, a sus maestras.

Así que tiene sentido que el 10 y el 15 de mayo no estén tan lejanos entre sí. Mucho de la transformación que he descrito comenzó cuando el acercamiento entre los dos grupos de mujeres se concretó en la misma persona: cuando las maestras fueron madres. Cualquiera que haya tenido la fortuna –ojo, también a veces, sinceramente, el desgaste- de tener a una maestra por mamá sabe lo que significa “educación continua”. Las maestras que fueron formando familia y criando a sus hijos se volvieron doblemente activas. Buscaron mejores oportunidades para sus niñas y niños, se volvieron exigentes con sus compañeros de profesión, especialmente con los maestros y maestras asignados a sus hijos -¿No le ha tocado tratar con una mamá-colega? ¡Claro que son las madres de familia más rudas y demandantes!- y consideraron de elemental responsabilidad llevar a la siguiente generación a un nivel educativo superior al de ellas mismas.

Esta “revolución silenciosa”, como la he llamado, no fue una política pública explícita, un plan que saliera de las preclaras mentes y los grandes escritorios del edificio de Argentina y Brasil, la sede de la SEP. Fue el amor, el valor y la fidelidad de apenas un puñado de mujeres visionarias, y después el aplomo y constancia de las siguientes generaciones de educadoras profesionales. Por ello, nos podemos congratular que en esta etapa todavía las mujeres sean una mayoría entre los profesores frente a grupo de la escuela pública mexicana. Por supuesto, hay días en los que no vendría mal, en tal o cual colectivo docente, una disminución del estrógeno desbordante. Esperemos que el desarrollo nos lleve de nuevo al equilibrio, y que en unos cuantos años tengamos una composición de “mitad y mitad” también en el sexo de los docentes, de manera que no nos perdamos de la pluralidad y complementariedad en el proceso educativo.

Lo que es obligado es el profundo homenaje que les debemos a las madres, maestras y madres-maestras que le dieron la vuelta a la historia.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
 
Conoce mi trayectoria.

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