Madres y Maestras 1

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 01 Mayo 2009. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 5064

Mayo, como sabemos todos, es un mes complicado e irregular; simplemente agréguele usted ahora las complicaciones ligadas a la emergencia sanitaria… ya de por sí son pocos días hábiles, pero ahora estarán retacados de tareas que se pospusieron por la suspensión de clases. Pero lo que quiero compartirle es lo interesante de celebrar a mamás y maestras en el mismo mes, con pocos días de diferencia.

Sé que el día 15 es día del maestro, pero en secundaria las maestras son más numerosas que sus colegas varones, mientras que en primaria y preescolar forman mayoría aplastante. Lo que se me hace más notable del binomio madres –maestras es la brecha que se ha ido cerrando entre ellas en las últimas dos décadas, para beneficio de las niñas y niños de nuestro sistema educativo. Este cambio es poco comentado entre los expertos, pero a mí eso me parece miopía, ya que mucho de lo que pasa de positivo se ha acelerado o incluso se origina en ese acercamiento que le vengo comentando.

Veamos primero el lado de las maestras. Como seguramente habrán comentado mil veces entre ustedes (les hablo preferencialmente a ustedes, maestras), la profesión docente fue una de las pioneras en el gran movimiento de emancipación de la mujer mexicana. Nunca, en toda nuestra historia, han faltado mujeres valientes y decididas, pero ciertamente la docencia (y tal vez sólo ella, junto con la enfermería y la actuación) abrió un espacio de libertad y de expresión para unir lo femenino y lo profesional. Cuando se hace la historia de la escuela pública mexicana, salen siempre a relucir los nombres de Vasconcelos, Moisés Sáenz, Rafael Ramírez o Torres Bodet; en la sombra quedan esas aguerridas maestras que pronto llevaron lo fuerte del esfuerzo educativo nacional. Apenas queda registro de los aportes de las intelectuales en el diseño de los planes de estudio –Palma Guillén y Gabriela Mistral prácticamente definieron el curriculum nacional en cuanto a civismo y lengua- y ya en la acción concreta algo se sabe de figuras como Bartola Gómez, la primera jefa de misión, y de la Viuda de Peralta, la primera trabajadora social de la SEP.

Como pasó desde esas primeras figuras, la gran mayoría de las maestras mexicanas a lo largo del siglo XX fueron solteras o viudas. Había una especie de regla no oficial, en la cual sólo las mujeres que no formaban su propia familia abrazaban la carrera docente. Su magisterio, de una forma romántica pero también con toques de tradicionalismo y misoginia, se concibió como su “único amor” en la vida. Reconociendo la entrega, la posibilidad de trabajar jornadas enteras y la disponibilidad de trasladarse de un extremo a otro del país, no dejó de introducirse un cierto desdén por las “señoritas”, vistas con recelo como demasiado liberales o motejadas con un “pobrecitas”, por desconocer las alegrías de la maternidad biológica. Un excelente estudio de Regina Cortina, investigadora de Harvard, documenta cómo el trabajo y la vida sindical de las maestras mexicanas se consideraron, o incluso se desarrollaron a propósito, como algo incompatible con el hecho de tener una pareja estable y crecer los propios hijos.

Si ahora contemplamos el lado de las madres, veremos que también por ese ángulo hubo todo tipo de restricciones al contacto. Para empezar, la mayoría de las madres hasta hace una generación eran analfabetas, o al menos tenían una escolaridad más baja que su contraparte masculina. El ambiente vigente colocó a las madres con la tarea fundamental de la crianza –con la ausencia y/o irresponsabilidad de los varones por el proceso- y con la casi exclusividad de las actividades domésticas como limpieza y cocina. No sólo no intervinieron en la marcha de la escuela y en la animación del aprendizaje, sino que en muchas ocasiones vieron a las maestras como rivales en el afecto de sus hijos o como figuras entrometidas para la dinámica familiar. Se creyeron, les hicieron creer en incontables ocasiones, que uno de la madre sólo espera cariño, consejitos y ricos guisados, pero nunca exigencia académica, corrección de la escritura o desafíos a la capacidad matemática.

La revolución silenciosa que le quiero ponderar en esta ocasión es cómo, en cosa de veinte años, madres y maestras se han acercado, se han vuelto colaboradoras, cómplices para el bien de los mexicanos más jóvenes. Para los detalles de esta historia, lo espero en el próximo artículo.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
 
Conoce mi trayectoria.

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