El maestro al centro (parte 2)

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 24 Marzo 2010. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 4979

Poner al maestro en el centro del sistema educativo es reconocer su labor y responsabilidad en el salón de clases. El compromiso de los maestros mexicanos se ratifica al inicio de cada ciclo escolar y su trabajo en el aula continúa aún con cambios importantes en el sistema exterior. El profesor y su grupo tienen por delante las aventuras y fatigas de su año escolar específico; con o sin nueva Legislatura, con o sin ajuste en Hacienda, o tratado de libre comercio con Brasil, o nuevas reglas del juicio de amparo, o nueva temporada de relación (¿?) SEP-SNTE. Y no es que el exterior no afecte, como si la escuela fuese un asteroide sin contacto con la Tierra. Más bien, la continuidad específica responde a que formar personas es algo tan delicado y necesario que se impone por encima de los vaivenes –a veces vendavales- del resto de la vida pública.

Por eso, con todo y Guerra de Independencia siguió habiendo clases en el Colegio de Minería; en medio de las agudas controversias entre conservadores y liberales siguió la corporación lancasteriana enseñando “las primeras letras”; con guerrilla en Guerrero o en Chiapas, con sequía en Coahuila o Chihuahua, con inundación en Quintana Roo o Tabasco, la clase siguió. Y cuando se llega a suspender, por ejemplo ante la emergencia sanitaria de la influenza, o si se diera balacera, invasión o terremoto, hay que reanudarla a la brevedad y buscar reponer lo que se dejó de hacer. Porque precisamente la razón de ser de la educación, y con mayor razón la educación pública, es hacer vigente el derecho de alcanzar la propia plenitud por encima del condicionamiento del ambiente.

Confieso una gran debilidad por los filmes de “maestros plus”; debo reconocer que se me escapa una inoportuna lágrima cuando veo al maestro del que se aprende que la belleza es libertad (La Sociedad de los Poetas Muertos), o al profe negro que enseña respeto sin violencia (Al maestro con cariño); me conmueve el profe chicano que ayuda a sus alumnos a pasar los más duros exámenes estandarizados de matemáticas (Con ganas de triunfar), o el gordito que no considera perdidos a los huérfanos y rechazados de un internado, y los hace grupo con la música (Los Coristas)… vamos, ¡hasta me enternezco con el profe ciego de Simitrio!

Y faltan muchas más películas que puedan hacer justicia a sus protagonistas; especialmente creo que faltan películas de maestras. No se pierda usted una que es extraordinaria: “Que no falte ninguno”. Narra las peripecias de una joven docente china que se la rifa para que en su clase todos aprendan, todos tengan oportunidades… cuando resulta que hay uno que le falta, en riesgo de desertar, va a recuperarlo con un coraje y determinación dignas de sus ancestros guerreros.

En el artículo pasado comenté algunas características que un buen maestro debe tener, pero prometí revelar en esta ocasión un último ingrediente que define a un excelente docente. Pues bien, uno de los rasgos que mejor define a una buena maestra, a un buen maestro, es su compromiso para que todos aprendan, para que no falte ninguno. Claro que es más fácil concentrarse en los que dan menos trabajo. Claro que puede ser más vistoso invertirle tiempo a que algunos destaquen en certámenes y presentaciones públicas, más en concursos irrelevantes para la vida real. Claro que es fatigoso regresar con aquellos que tienen limitaciones desde años anteriores, y que nuestros colegas descuidaron. Claro que es un volado suponer que llegará el equipo de las Unidades de Apoyo y nos facilitará la vida. Es evidente que los maestros tampoco son responsables de la desnutrición de sus alumnos, o de su leve discapacidad o de sus recaídas de salud; no pueden cambiar su exposición a la violencia intrafamiliar, el abandono del padre migrante o la exigencia de que haga algún trabajo para llevar dinero extra a su casa.

Pero el buen maestro trata de lograr que ninguno falte. La falta de apoyo a los alumnos se traduce en malos resultados o en falla en la prevención, y se genera una cadena que incluye reprobación, rezago y deserción. El buen maestro se preocupa de que todos aprendan, desentraña el ritmo y estilo de cada uno de sus alumnos para llevarlos lo más alto posible. El buen maestro sabe que el derecho a la educación no se reduce al derecho a inscribirse a la escuela, sino que se cumple si es el derecho a aprender. El buen maestro vuelve al centro. Y el centro es que la escuela sirve para desafiar al destino, para hacer que las oportunidades sean realmente para todos.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
 
Conoce mi trayectoria.

Compartir

 
 

¡Deja un comentario!

Para comentar, escribe tu nombre y correo electrónico,