Para contener al monstruo

Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 23 Marzo 2011. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 4467

La violencia acompaña a la vida humana como una pegajosa sombra que nos sigue a lo largo del camino. La lucha entre la civilización y la barbarie se juega todos los días, en cada país, en cada calle, en cada casa… hasta llegar a cada mente y a cada corazón.

Los primeros esfuerzos por definir una escuela pública para todos, para cada niña y niño, surgieron de las reflexiones de Jan Amos Comenio tras la carnicería de las guerras de religión en Europa. El pensador checo llenó páginas argumentando que no bastaba un poco de piedad y letras en el espacio de cada familia, ni siquiera de cada comunidad religiosa. El ser humano, sostuvo, necesita que claramente se le haga ver, en forma de una convivencia cotidiana, que podemos ser diferentes sin querernos eliminar unos a otros; aprender junto con otros niños a hablar, a escribir y a nombrar el mundo que nos rodea crea un espacio común en donde todos cabemos. O vamos juntos a la paz, o pereceremos miserablemente por separado.

Por eso, la amenaza del crimen organizado y la posibilidad del bullying en la escuela son dos atentados contra lo más fundamental de nuestra vida juntos. Que el temor ante la amenaza de la violencia gratuita nos haga variar nuestras pautas de transporte, que no podamos andar libremente en la calle y encontrarnos con nuestros compañeros para la diversión, el deporte o la tarea son ya un secuestro virtual. Que se vea normal el abuso y la intimidación contra los compañeros más tímidos, o so pretexto de algún rasgo como el género, la identidad étnica, la talla, el peso o la condición de salud es también un fracaso de la educación. La ofensa porque “es vieja”, “es indio”, “es enano”, “es gorda”, “es cuatro-ojos” o la humillación a los más jóvenes es un indicador de fracaso educativo más certero que los puntajes de ENLACE o el avance programático.

En ambos casos, la narcoviolencia y el bullying, hay un doble movimiento psicológico. El agresor exterioriza la violencia que se viene gestando desde su pobre autoestima, su propio pasado de víctima, su resentimiento ante el éxito de otros, la codicia de contar con un poco de comodidad, de atención, de sensación de dominio. El agredido tiende a interiorizar el desprecio que lo hiere: hay algo que estoy haciendo mal, no tiene remedio, me lo merezco, mejor me acostumbro. La psique dañada de unos y otros se sucede en círculo, la serpiente se muerde la cola en un proceso que promete no terminar si se deja a su propia dinámica.

Por ello es esperanzador el compromiso que mañana se concretará para que la cobertura de los hechos de violencia no sea un episodio adicional de ella, para que no se victimice doblemente –en el hecho y después en la innecesaria notoriedad-, para que no se haga la apología impensada de la impunidad y la conducta antisocial.

Es esperanzador también el multiplicarse de iniciativas para salir al paso del bullying: formación de maestros, talleres para padres, eventos de convivencia sin violencia en escuelas abiertas el fin de semana, iniciativas de ley, materiales educativos, grupos de testimonio y autoayuda, líneas de intervención rápida. No nos podemos resignar, y el fenómeno no se va a diluir sólo porque nos desentendamos. La única forma de resolver ambas expresiones es abordarlas explícitamente, empezarlas a conjurar con acuerdos claros y acciones acordadas.

Pero el factor que cierra la pinza es el cambio en el tercer y el cuarto actor. Están el victimario y la víctima, pero también la autoridad legítima y el espectador pasivo. El peligro más brutal no es el de un aumento de agresores, sino la adaptación y la anuencia de la comunidad circundante, así como la irresponsabilidad, el oportunismo o la superficialidad de quien es el garante del orden.

La autoridad, en los casos que hemos referido, no la tiene fácil: el crimen ha colonizado las estructuras que debieran contenerlo, de manera que la lucha antinarco tiene su desafío principal no en la aprehensión y presentación, sino en la garantía de que habrá consignación y castigo legítimos. En la escuela, la sanción e intervención de directores y supervisores debe combinar la disciplina que marque límites rigurosos con un seguimiento educativo y terapéutico.

Finalmente, hay una deuda central de la sociedad con sus hijos: debemos educarlos a no celebrar el abuso, sino a repudiarlo y a impedirlo. “No te metas en problemas” nunca debiera interpretarse como “permite que se lastime a alguien”. Los psicólogos que estudiaron el Holocausto lo confirman: no basta con un sistema escolar con exigencia académica, como el que tuvo Alemania hasta los nazis; si no discernimos éticamente, si no combatimos los prejuicios y respetamos la diversidad, si no aborrecemos la ventaja, la mentira y la impunidad, nadie está a salvo. En la pequeña escuela del aula podemos construir la gran escuela de la vida.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
 
Conoce mi trayectoria.

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