La escuela: ¿para qué?

el 01 Octubre 2014. Publicado en Blog de Mexicanos Primero, Equipo de Mexicanos Primero - Blog | Vistas del artículo: 8246

Publicado en Animal Político | 1.10.2014

Hace más de cuarenta años, Everett Reimer planteó en su libro La escuela ha muerto que las escuelas llevan a cabo cuatro funciones sociales muy distintas: la de custodia, la determinación del papel social, la doctrinaria y la educativa.

Los sistemas educativos han subrayado alguna de estas cuatro en concreto y, en décadas recientes, estas funciones se mezclaron en las expectativas de las personas. Ello propicia que las escuelas sean instituciones muy deficientes, pues no logran ninguno de los objetivos y, sobre todo, resultan sumamente confusas para nuestros niños y maestros.

Primero, la función de custodia. Se vigila y se intenta fijar a los individuos (normalización) y a establecer un control social, llamado por Foucault “ortopedia social”. Un vigilante encargado de que nadie salga de sus cuartos, un ambiente en el cual la obediencia es el valor más apreciado. Se castiga y se recompensa, se evalúa, se dice quién es el mejor y quién el peor.

La libertad, las alegrías, el pensamiento y las preguntas son para otro espacio. Aquí se premia el silencio, la obediencia y la conducta a respuestas esperadas. Ese es el tipo de vivencias escolares que tuvimos la mayoría de los hoy adultos. Muchos todavía mantienen una espantosa nostalgia, la idea de que “las escuelas estaban mejor antes”, sin pensar que era para muy pocos y que era bajo este temible sistema. Y todavía hay quién dice: “pero aprendimos, ¿o no?” Sí, pero no gracias a la escuela, sino a pesar de ella.

Me gusta la forma en que Héctor Abad Faciolince lo pone en su libro: “Cuando entré al kínder, con las reglas estrictas de la escuela, me sentí abandonado y maltratado. Como si me hubieran metido en una cárcel sin yo haber cometido ningún delito. Odiaba ir al colegio: las filas, los pupitres, la campana, los horarios, las amenazas de las hermanas ante una sombra de alegría o un atisbo de libertad”.

Finalmente diré que aquí se ubica un porcentaje que no podemos precisar en número, pero al parecer muy prevalente en la cultura de los padres mexicanos: “Maestro, pues ahí me los cuida, ¿no?” O incluso: “ahí me la educa, maestro, porque anda incontrolable esta niña”. Es la visión de guardería, de custodia.

Segundo, la determinación del papel social. Es más difícil de describir esta función, porque envuelve muchos componentes. Guarda relación con lo que se enseña, en qué contextos se enseña y con quiénes se enseña. Hablaré del último aspecto, que es el más evidente. Se concentran en unas pocas escuelas los mejores recursos y se agrupa en ellas a las familias más poderosas. Ello “garantiza” que la posición de su hijo sea prometedora, pues se lleva con los hijos de los Limantour o los Corcuera. La fórmula suele ser exitosa para estos grupos, en un mercado injusto que premia más las relaciones que los aprendizajes. Por el contrario, enseña fórmulas de rencor a otros sectores de la población.

Everett Reimer lo apuntó de una forma interesante. Los que nunca ingresan a la escuela o la abandonan rápidamente, aprenden que las cosas buenas de la vida no les corresponden. Los que desertan tardíamente, aprenden que el sistema es vulnerable, aunque no sea culpa de ellos, y que no pueden hacer algo para remediarlo.

Hoy sabemos que no son muchachos “desertores”, ni alumnas que “abandonan” la escuela. Pongámosle el nombre claro: son excluidos por el sistema y no viceversa. Se confunden muchos adultos al llamarles NiNi’s con desprecio. Estos muchachos cargan con el estigma impuesto por otros más afortunados que ellos. Entendamos, no es que no “quieran” trabajar o estudiar, es que no tienen oportunidades dignas y razonables para hacerlo. Tenemos que aprender a hacer muchas más preguntas antes de juzgar al otro.

Con este paradigma, hacemos escuelas pobres para pobres y ricas para ricos. Con el paréntesis de que muchas privadas son “patito”. No se vaya –estimado lector- con la finta de que la privada es mejor que la pública; sólo está mejor equipada y asegura la reproducción del privilegio… ni siquiera su incremento, pues son laxas y poco logran para despertar el potencial crítico o creativo. De esta forma, enviamos mensajes bastante confusos a los niños. A unos los solemos sobreestimar llenando de trofeos, oportunidades y les hablamos de excelencia. Les hacemos creer que todo se lo deben a ellos mismos. A otros grupos, les enviamos rencor, envidia, comparación en desventaja, les excitamos su odio a otros sectores sociales.

Esta situación se reproduce generación tras generación, mantenemos ese orden porque a ciertos sectores les conviene o mejor, ya se habituaron, y los vulnerables básicamente no saben cómo revertirlo. Sin embargo, lo mejor que podría sucedernos es que todos pudieran converger en las escuelas. Que suceda, como plantea García Huidobro, que confluyan los “pequeños ciudadanos” provenientes de familias divergentes. Para ello, sería necesario que desapareciera la escuela privada: toda la educación sería gratuita y no selección de ingreso. Esta propuesta promete mucho socialmente, pero es básicamente una utopía, pues varios sectores, incluidos los gobernantes, difícilmente lo permitirían, además de lo complejo que sería reordenar los recursos ahora tan mal distribuidos.

Tercero, la función doctrinaria. A la manera de Inception, se considera que la escuela tiene el papel de introducir ideas, ideologizar a los niños desde una visión particular de la vida. Aquí están las escuelas y padres que persuaden a los niños sobre la creación como teoría científica, la ortodoxia de una religión, la escuela socialista o bolivariana, u otras. Recientemente, la doctrina dominante pareció ser la idea de “éxito” y la desagradable concepción de excelencia excluyente. Escuelas que anteponen el individualismo, en donde no se le da la bienvenida al error y abundan la competencia y los trofeos, donde lo central parece ser determinar quién es el mejor. En mi opinión, las personas que se creen excelentes o en camino a ello, son intratables. Decía Latapí: “si saberse bueno es peligroso, sentirse llamado a la perfección es desquiciante”.

Algo similar recientemente identificó William Deresiewicz, profesor de Yale. Menciona con preocupación que las universidades de prestigio de la liga superior en Estados Unidos reciben y fortalecen “borregos excelentes”. Realizan todo aquello que les mandes, y lo hacen sin saber muy bien por qué, pero viven ansiosos y perdidos, con un atrofiado sentido de vida.

Cuarto, la función educativa. Se supone que las escuelas están para que aprendamos, pero ¿aprender qué? Existen muchas corrientes; aquí solamente recupero tres grandes continentes. Los que creen que la escuela está para alimentar el trabajo y el mercado, los que defienden que la escuela está para aprender el currículo, y los que defendemos que la escuela está para la vida misma.

Para el trabajo: los niños se vuelven un objeto de mayor intervención de los adultos; hay prisa por vivir la escuela, prisa por vivir la infancia, prisa por vivir la vida. Los niños tienen que apurarse a aprender algo que les sirva para competir en el mundo. El aprendizaje es una especie de “producción” acelerada de conocimientos. Deben aprender lo que el mercado les exige, y no lo que ellos pueden compartirle al mundo.

Son esos padres y escuelas que escucho –cada vez más- angustiados por el inglés y la tecnología: “Manuel, si no aprende esto, no la va a hacer en la vida”. “Oiga –contesto- pero si yo veo que pinta muy bien”, por decir un ejemplo. “Eso no importa”. Y efectivamente, eso no importa para estas escuelas, maestros y padres. Los niños y sus intereses no importan; lo que apremia es el mercado laboral. Es el mundo al revés, pues se piensa que si la hacen en el mercado, ya con dinero encontrarán después oportunidades para vivir mejor, y no al revés, que con sus talentos puedan ofrecerse y compartirnos a todos mejores oportunidades y alternativas de vida. Gente con la vida resuelta en lo económico, pero frustrada por no haberse desarrollado en lo que más le gusta. El mercado les cumplió; pero ellos, a sí mismos, no.

Para el currículo: aquí generalmente se ubican los gobiernos y muchos maestros borregos. Tienen que aprender trigonometría en determinado grado, tienen que saberse todos los tiempos verbales y la tabla periódica de los elementos, todo de memoria. Un atiborrado plan de estudios ¿para qué y por qué? Eso no importa, de algo debe servir después. En la escuela lo tienen que aprender, y también con prisa, porque ya viene el siguiente ciclo, porque viene en el examen bimestral… Mientras tanto, los gobiernos lo deben de medir, con prisa. Palabras más, palabras menos, así es la jugada.

Para que aprendan sobre la vida misma, para eso –decimos- está la escuela. Incluso aquí hay controversias, pues no es algo ya zanjado. Qué de la vida hay que aprender, qué es lo que merece ser aprendido con otros, en horarios específicos para ello, con acompañantes expertos que están para asistirnos como su ocupación regular y pagada. Hay una –esencial- que en mi opinión siempre queda rezagada: las personas mismas, el niño.

¿Por qué siempre nuestras curiosidades, intereses y pasiones por aprender quedan afuera del aula? ¿Cómo esperamos que conozcan el mundo y a los otros que lo habitan, si no les damos –por nuestra prisa- los espacios para conocerse a sí mismos? Hemos olvidado a inquietarlos por sí mismos.

Pienso que la escuela está para eso. Para ser un espacio en el que el niño pueda mirar a muchos desconocidos y reconocerse en ellos. Posibilidades de ser, formas de vivir y encontrarse con algunas de ellas; identificarse, apasionarse de otros, encontrarse con el otro y consigo mismo. Es fortalecer su derecho a encontrarse a sí mismo, el derecho a aprender de sí mismo. El maestro,visto así, es un compañero de viaje de un niño en su búsqueda de sentido.

Es hacer de la educación un hábito fascinante. Colaboro con el otro (democracia), nos miramos y me miro con libertad; aprendo con curiosidad y con sentido; el error es bienvenido –no castigado- pues es pieza importante del aprendizaje. Me autoexigo, no compito; curioseo y pregunto, tal como son los niños. En fin: tengo placer por aprender. Decía Octavio Paz: “Todos llevamos dentro un desconocido. Quise penetrar en mí mismo y desenterrar ese desconocido”. Para eso debiera estar la escuela, para querer desenterrar ese desconocido que lleva cada niño.

Reimer propuso que la escuela debía morir hace 41 años, conviene preguntarnos y respondernos: ¿para qué queremos que viva la escuela?

 

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