La educación que tenemos y la que nos gustaría tener

Escrito por JENNIFER O'DONOGHUE el 11 Diciembre 2013. Publicado en Blog de Mexicanos Primero, Equipo de Mexicanos Primero - Blog | Vistas del artículo: 7731

Desde hace una semana el desempeño de México en la prueba del Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés) ha sido tema recurrente en los medios de comunicación. Los resultados han sido decepcionantes. El puntaje promedio no ha mejorado y dejamos a más de la mitad de los alumnos sin los aprendizajes mínimos que ayudan para avanzar hacia una vida plena, participativa y digna. En el panorama comparativo de los 65 países participando en la prueba en 2012, México aparece en los últimos lugares en cada dominio: posición 52º en lectura, 53º en matemáticas y 55º en ciencia.

Pero la importancia de PISA va más allá del lugar relativo en una tabla. Poco ayuda lamentarnos de los bajos resultados, si no relacionamos la prueba con algo más vital, con la finalidad misma del sistema educativo: alcanzar trayectorias escolares completas y exitosas para cada joven de México.

Hace poco más de un año, en Ahora es Cuando, propusimos dos grandes metas para el sistema educativo mexicano: que todas y todos terminaran el bachillerato para 2024 y que aprendieran al nivel del mundo. PISA 2012 representa un punto de referencia, un instrumento de análisis, una oportunidad de preguntarnos si vamos en el camino que nos llevará a este destino o no. La respuesta es claramente negativa. Más allá de esto, ¿qué lección sacamos de PISA para hacer avanzar nuestro sistema educativo y encarrilarnos a un camino de constante mejoría? ¿Qué tipo de diagnóstico nos ayuda a hacer?

En primer lugar, deja claro que la gran mayoría de nuestros jóvenes siguen excluidos del aprendizaje significativo. A los 15 años, uno de cada tres jóvenes se encuentra fuera de la escuela, fuera de una oportunidad sistemática de aprendizaje. De los participantes en PISA, sólo tres países -Costa Rica, Albania y Vietnam-excluyen más jóvenes de sus escuelas; el porcentaje de los jóvenes que siguen escolarizados a los 15 años en México se encuentra muy por detrás del promedio de los países de la OCDE e incluso del resto de América Latina.

Sin embargo, incorporar a los jóvenes al sistema escolarizado no es garantía de que ahí encuentren suficientes oportunidades para aprender y desarrollarse. Como vemos en los resultados de PISA, 55% se encuentran en los niveles 0 y 1 de aprendizaje en matemáticas. En resumen, considerando a los que se quedan fuera de la escuela y los que permanecen adentro pero que no aprenden, el sistema educativo mexicano actualmente le está fallando a siete de cada diez de sus jóvenes.

En segundo lugar, PISA nos deja ver que el deficiente logro de aprendizaje alcanzado en un sistema escolar está fuertemente relacionado con la inequidad en la distribución de los recursos económicos. Esto confirma el diagnóstico que realizamos del estado de la educación en México en nuestro estudio más reciente (Mal)Gasto: el gasto educativo en México es profundamente inequitativo. De los 65 países en PISA, sólo dos -Costa Rica y Perú- tienen una distribución menos equitativa que México. No tendremos aprendizaje incluyente mientras sigamos aportando menos precisamente a los alumnos, maestros y escuelas que se encuentran en los contextos de mayor desventaja, y requieren del justo nivelamiento.

En tercer lugar, la publicación de los resultados de PISA ofrece la oportunidad de analizar cómo los distintos actores conciben la educación y los mecanismos necesarios para realizar cambios significativos en ella. Mientras las autoridades han puesto énfasis en mejorar condiciones materiales a través de programas como MiCompu.Mx o Escuelas Dignas, la evidencia de 65 países demuestra que es débil la relación entre la infraestructura física y el aprendizaje. Los países con mejores resultados y/o avances más rápidos son los que apoyan la presencia y preparación de las personas (alumnos, maestros y padres de familia) y el desarrollo de relaciones entre ellas. Podemos aprender mucho de estos países, donde la docencia es un proyecto colaborativo en el que se planea juntos, hay tutoría, observación y evaluación de pares; donde la participación de la comunidad escolar es real en la toma de decisiones pedagógicas y de gestión.

Más allá de los rankings, debemos convertir a PISA en una herramienta para diagnosticar, exigir, reconocer y, por supuesto, proponer. Representa un momento para reflexionar sobre la educación que tenemos, la que existe más allá de nuestras fronteras y la que nos gustaría tener para nuestras niñas, niños y jóvenes.

Acerca del autor

JENNIFER O'DONOGHUE

JENNIFER O'DONOGHUE

Directora General

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