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Escrito por DAVID CALDERÓN M. el 06 Octubre 2010. Publicado en David Calderón - Blog, Blog de Mexicanos Primero | Vistas del artículo: 4786

Hoy por la noche se entregará el Premio ABC, "Maestros de los que aprendemos", un galardón que la sociedad civil otorga a maestros sobresalientes por su formación continua, los resultados de aprendizaje de sus alumnos y su compromiso con la comunidad. El mensaje es claro: hay maestros extraordinarios en la escuela pública mexicana que merecen nuestra gratitud y reconocimiento.

Nunca es fácil ser maestra, ser maestro. En México menos, porque las condiciones distorsionadas de trabajo, inercias y carencias estructurales, y mucho de complacencia y falta de solidaridad -de papás, políticos y hasta del común de los ciudadanos- conspiran. El presupuesto educativo pasa a veces como objeto de rapiña, y fuerzas poderosas se agolpan para mantener la opacidad y justificar la ineficiencia. Ni qué decir de los que dan mal nombre al magisterio: ausentismo, grilla, trampolín político, agitación profesional, cadena de despojo. ¿Y el aprendizaje? ¿Y la promesa de que la educación del artículo tercero, nos tiene que llevar al desarrollo pleno de la persona y a la democracia como forma de vida?

Pero ahí está la evidencia: hay quien se levanta cada mañana, anima a los niños, los inspira, se actualiza constantemente, arranca proyectos sin apoyos especiales, cree en sus alumnos. Hay quien va más allá de planes y programas, esquiva las restricciones administrativas, saca de la abulia a los papás. Hay quien no se resigna a considerar que, ante un entorno poco favorable, hay que doblar las manos y sumarse -sumirse- en el ambiente.

Hoy, ante la sociedad mexicana y con la presencia de autoridades oficiales, la sociedad civil lanza una bengala al cielo: aquí hay un tesoro. Son diez maestras y maestros "de diez", ejemplares, imitables, agentes de cambio incluso en ambientes hostiles. Pero le aseguro que los merecedores son más de diez; son miles, tal vez cientos de miles. Son, con su compromiso cotidiano y su activismo de aula, tal vez la mejor explicación del porqué, con tan mal ajuste en las instituciones de educación pública, se siguen alcanzando metas personales y cosechando éxitos colectivos. Son la esperanza, los diez de diez y sus miles de compañeros, de que México no se quede desprovisto de talento y ganas de avanzar. Su notoriedad es la inversa del narco: mi país no se reduce a la caterva de matones; mi país es sobre todo este sereno grupo de visionarios que acompañan a nuestros hijos a encontrar lo mejor de la vida.

Uno de mis grandes maestros, sumamente crítico de las universidades particulares de México, decía que era muy grave formar profesionistas exitosos para sociedades fracasadas. Su reproche -válido hasta hoy en varios aspectos- se refería al indignante aislamiento de los grandes problemas nacionales que percibía en las carreras, reglas y tradiciones de esos espacios de privilegio. Y pensando en los maestros del Premio ABC, se puede ver una luz: formar personas completas para una democracia a medias.

No están solos. En estos días también hemos celebrado el centenario de la Universidad Nacional. Con indudables sombras y faltantes, con prácticas todavía de caciquismo en algunos ámbitos, la Universidad de México sigue siendo navío de guerra y exploración. Muchos duermen en lo oscuro de las bodegas, algunos roban migajas, otros flojean; pero muchos, muchísimos navegan, descubren nuevos horizontes, combaten la mediocridad y concretan artes, ciencias y humanidades duras.

La Universidad Nacional tiene un papel crucial como referente. Muchas instituciones públicas de educación superior son de alto nivel, pero la mirada sobre la UNAM tiene que ser a la vez severa -mucho esperamos de ella- y solidaria -todos la tenemos que sostener y hacer crecer-. En el balance final, con todo y algunos escabrosos "parciales" que bordearon al reprobación, debe reconocerse que son cien de cien: cien años de sacar las mejores calificaciones, cien años de cien puntos. ¿Y los cien que siguen? Serán más arduos; ya no es fácil colarse a las listas de mejores universidades sólo con investigadores brillantes, publicaciones e inventos. Se necesita que el grueso de los egresados sean de cien: ciudadanos aguerridos en la demanda de sus derechos, profesionales sólidos, replanteadores y no sólo consumidores de sistemas.

Hay muchos días para reprochar la mediocridad; hoy es uno para celebrar la excelencia. ¿Y sabe qué es lo mejor? Que la excelencia -bien entendida, como congruencia y resultados- es contagiosa. De eso se trata la educación: de comprobar que buenos maestros hacen patria.

Acerca del autor

DAVID CALDERÓN MARTÍN DEL CAMPO

DAVID CALDERÓN M.

Soy Cofundador y Presidente Ejecutivo de Mexicanos Primero.
 
Conoce mi trayectoria.

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